Gemelos prematuros sobreviven gracias a incubadoras

Hace casi 18 meses, Nehemías y Jeremías luchaban simplemente por respirar.

Hoy, corren detrás del otro alrededor de una pequeña casa enclavada en las montañas del occidente de Honduras. Duermen en hamacas, ríen con sus hermanos mayores y llaman con orgullo a “Mamá” y “Papá”.

Al verlos ahora, cuesta imaginar lo cerca que estuvo su familia de perderlos a los dos.

Gladys tenía apenas 30 semanas de embarazo cuando comenzó el trabajo de parto. Ella y su esposo, Wilfredo, viajaron durante más de dos horas hasta el centro de maternidad más cercano, esperando recibir a un solo bebé.

Después del primer parto, el dolor no desapareció.

Momentos después, llegó un segundo hijo: una sorpresa completa.

Jeremías pesaba apenas tres libras. Nehemías, menos de dos. Llegó al mundo sin llorar y mostrando apenas señales de vida.

Ambos recién nacidos fueron trasladados de emergencia al Hospital Juan Manuel Gálvez, en Gracias, donde comenzaron una desesperada lucha por sobrevivir.

Mientras médicos y enfermeras trabajaban día y noche, un equipo médico de CAMO proveniente de Estados Unidos llegó con dos incubadoras neonatales y capacitó al personal del hospital para utilizarlas, como parte de los esfuerzos de CAMO por fortalecer la atención respiratoria en Honduras.

Los gemelos estuvieron entre los primeros bebés atendidos con estos equipos.

El Dr. Douglas Carranza, jefe de la unidad neonatal, cuenta que aquellas incubadoras se convirtieron en una ayuda indispensable, no solo para los gemelos, sino también para muchos otros recién nacidos en condición delicada que llegaron después.

Gladys recuerda haber rezado para que sus hijos no necesitaran ser trasladados aún más lejos. Incluso durante momentos angustiosos, como los cortes de energía que ocurrieron durante su estadía, el equipo médico nunca dejó de luchar por ellos.

Cuarenta días después, Gladys y Wilfredo pudieron llevar a sus dos hijos de regreso a casa.

Cuando conocimos a la familia, después de viajar cuatro horas por las montañas, ya no había máquinas, alarmas ni paredes de hospital.

Solo dos pequeños curiosos llenando su hogar de risas.

Una imagen que recuerda que, a veces, el mayor impacto de un regalo no se mide el día que llega, sino meses después, cuando dos pequeños pueden finalmente correr.

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